Ocho años atrás, cuando empezamos a filmar, la lucha del pueblo de Tambogrande parecía perdida: los agricultores de mango y limón enfrentaban a la poderosa industria minera, aliada con el gobierno y con los políticos más influyentes.

Pero la gente sabía que su causa era justa y que no había otro camino que defender hasta el final lo que tanto trabajo les había costado construir.

Su determinación se basaba en un hecho simple que ni la compañía ni los políticos lograron ver: la inmensa mayoría vive de la agricultura y no quiere una mina. Al realizarse una consulta vecinal, el 98.6% votó en contra del proyecto. Y cuando toda una comunidad se une, firme y resuelta, y se levanta para afirmar lo suyo y decir “no”, no hay fuerza que valga para doblegarla.

Nos mudamos al norte por cuatro años para estar cerca a Tambogrande. Mientras los meses y los años transcurrían, filmamos cómo evolucionaba la oposición del pueblo, desde la indignación, la ira, que en un momento llegó a desbordarse en violencia, hacia una inspiradora movilización pacífica.

En noviembre del 2003, cuando el final de la historia aún era incierto, nos dimos cuenta de que el pueblo ya había ganado. Era el mitin de cierre de un paro de tres días contra las audiencias públicas convocadas por el gobierno, y más de 10,000 personas atiborraban la plaza principal del pueblo. Manhattan no había perdido aún su concesión en Tambogrande, pero la gente sentía ya que la victoria era suya. El mar humano formaba un escudo impenetrable. Un espíritu de celebración empapaba el evento y cuando el sol empezaba a caer, el mitin cerraba en una jubilosa mezcla de baile y música.

Los tambograndinos merecían este jolgorio. Se habían entregado con todo y aprendido mucho, más allá de lo que comúnmente sucede con las continuas protestas del país.

Las marchas las transformaron en eventos culturales que celebraban la agricultura y desdeñaban la minería. Los campesinos no blandían palos, sino mangos, limones, sandías y zapallos, entre otros productos locales. Los conjuntos musicales compusieron e interpretaron emotivos temas, al estilo de los tonderos y valses tradicionales. Los jóvenes diseñaron afiches y campañas por correo electrónico, ganando adeptos en la capital y en todo el mundo; bailarines pasearon por las calles de Lima disfrazados de limones; y los dirigentes del pueblo organizaron el primer referéndum mundial sobre minería.

Los líderes de Tambogrande demostraron visión, asesorándos en los aspectos técnicos y legales del caso, dejando de lado las diferencias.

Sus esfuerzos dieron frutos, aunque también provocaron eventos desafortunados. Godofredo García Baca, el carismático ingeniero agrónomo y agricultor de mangos que guió la campaña de Tambogrande fue asesinado. Su recuerdo se convirtió en un símbolo de perseverancia y firmeza que unió a la gente del valle, guiándolos hacia una masiva acción pacífica.

La historia de Tambogrande nos enseña que la furia, la violencia y la tristeza pueden ser transformadas en movilización pacífica, que el pequeño puede vencer al rico y poderoso. Y confirma el viejo cliché: que la unión hace la fuerza.

Godofredo, que tu recuerdo continúe inspirándonos para alcanzar metas imposibles.

¡Viva Tambogrande!

Stephanie Boyd y Ernesto Cabellos. Julio del 2007